Secretaría de Fortalecimiento Institucional y Educación Superior

Dirección General de Bienestar Educativo

Artículos y Notas

La escuela habla todo el tiempo

Muchas situaciones conflictivas en la escuela no se intensifican únicamente por el hecho que les dio origen, sino también por las formas en que las personas reaccionan, interpretan e intervienen frente a lo ocurrido. Un comentario irónico, una respuesta dada en público, una acusación apresurada o una intervención realizada desde el enojo pueden transformar rápidamente una diferencia cotidiana en una situación de mayor tensión.

En este sentido, pensar la escalada y la desescalada de los conflictos permite reconocer que las situaciones escolares no son estáticas: cambian, se modifican y adquieren distintos niveles de intensidad según las interacciones que se producen entre quienes participan. Como señala Entelman (2002), los conflictos son procesos dinámicos y no hechos aislados; evolucionan a partir de las conductas, interpretaciones y respuestas de las personas involucradas.

En la vida escolar, esto puede observarse en escenas frecuentes y, muchas veces, aparentemente menores. Por ejemplo, cuando dos estudiantes dejan de hablarse luego de una actividad porque uno interpreta que el otro “lo dejó afuera” durante la exposición. Lo que inicialmente podría haber sido una diferencia menor comienza a crecer a partir de comentarios entre compañeros, gestos, silencios o interpretaciones acerca de lo sucedido. En ocasiones, alguien interviene preguntando “¿qué te pasa ahora?” delante del grupo, otro responde de manera irónica y rápidamente la situación se transforma en un enfrentamiento más amplio. Muchas veces, la necesidad de defenderse frente a los demás, el temor a quedar expuesto o la acumulación de molestias previas hacen que las personas reaccionen más desde la tensión emocional que desde la posibilidad de comprender lo ocurrido.

Algo similar ocurre cuando un intercambio entre estudiantes comienza como una broma y termina derivando en insultos, exclusiones o publicaciones en redes sociales. Muchas veces, quienes intervienen observan solamente el momento de mayor intensidad y no el proceso previo: comentarios acumulados, malentendidos, interpretaciones, silencios o intervenciones parciales que fueron aumentando la tensión de manera gradual.

Desde la perspectiva de la comunicación, resulta importante recordar que no solo comunica lo que se dice, sino también el modo en que se lo dice, el contexto y la relación entre las personas involucradas. Watzlawick et al. (2011) plantean que toda comunicación posee un aspecto de contenido y otro relacional, y que este último influye decisivamente en cómo se interpreta el mensaje. Por lo tanto, una misma intervención puede ser percibida como cuidado, humillación o confrontación según el tono, el momento y la forma en que se produzca.

En situaciones de conflicto, además, las personas suelen actuar desde interpretaciones rápidas acerca de lo que el otro “quiso hacer”, “intentó provocar” o “pretende generar”. Estas lecturas, construidas muchas veces en contextos de enojo o malestar, tienden a rigidizar las posiciones y dificultan la posibilidad de comprender lo que está ocurriendo. Fisher et al. (2012) advierten que, en escenarios conflictivos, las personas tienden a reaccionar más frente a percepciones y construcciones subjetivas que frente a hechos objetivos, lo que incrementa la posibilidad de respuestas defensivas o confrontativas.

Por ello, desescalar un conflicto no implica ignorar lo que ocurrió ni minimizar la situación. Implica, en cambio, generar condiciones para que disminuya la intensidad emocional y las personas involucradas puedan volver a pensar, escuchar y conversar. En muchas ocasiones, responder de manera inmediata y desde la urgencia no contribuye a resolver el problema, sino que puede profundizar el enfrentamiento y dificultar la comprensión de lo sucedido.

Algunas acciones simples pueden ayudar en este proceso: bajar el tono de voz, evitar discusiones frente al grupo, separar a las personas involucradas si la situación lo requiere, dar tiempo antes de conversar, formular preguntas en lugar de acusaciones o centrarse en lo ocurrido sin etiquetar a quienes participan. Del mismo modo, validar una emoción no significa justificar una conducta. Reconocer que alguien está enojado, frustrado o angustiado puede ser el primer paso para construir una comunicación más asertiva.

Para quienes trabajamos en las escuelas, estas situaciones suelen plantear desafíos cotidianos. No siempre resulta sencillo intervenir cuando existe presión por resolver rápidamente lo que ocurre o cuando las emociones atraviesan a todos los involucrados. Sin embargo, detenerse unos instantes para evaluar qué necesita la situación, quiénes participan y cuáles podrían ser los efectos de una intervención apresurada puede contribuir a generar respuestas más cuidadosas y efectivas.

También resulta importante diferenciar el momento de mayor intensidad emocional de otros momentos más propicios para conversar sobre lo ocurrido. Hay situaciones que requieren una primera intervención breve orientada a disminuir la tensión y evitar que el conflicto continúe escalando, para luego habilitar otro espacio de intercambio cuando las personas involucradas se encuentren en mejores condiciones para escucharse y reflexionar sobre lo sucedido. No todo puede resolverse en el instante en que ocurre, especialmente cuando predominan el enojo, la frustración o la necesidad de defenderse frente a otros.

En este sentido, desescalar supone generar condiciones para que la situación pueda ser abordada sin profundizar la exposición, el enfrentamiento o el malestar entre las personas involucradas. Muchas veces, pequeñas modificaciones en la forma de intervenir, como el tono de voz, el lugar, el tiempo o el modo de preguntar, pueden contribuir a disminuir la tensión y favorecer intercambios más cuidadosos.

En definitiva, muchas situaciones conflictivas en la escuela no se agravan únicamente por lo que ocurrió, sino también por la dificultad de detener la lógica de reacción inmediata, interpretación y confrontación. Pensar la desescalada implica reconocer que no toda respuesta requiere inmediatez y que, muchas veces, generar mejores condiciones para escuchar, preguntar y comprender puede modificar significativamente el desarrollo de una situación. En la convivencia cotidiana, pequeñas formas de intervenir también construyen climas, vínculos y modos posibles de habitar las diferencias.

Para seguir pensando

  • ¿Recuerdo alguna situación que se haya intensificado por la forma en que fue abordada?
  • ¿Cómo diferencio una reacción impulsiva de una intervención pedagógica?
  • ¿Qué estrategias utilizo para disminuir la tensión antes de conversar sobre lo ocurrido?
  • ¿Qué lugar tienen la escucha y las preguntas en mis intervenciones?
  • ¿Cuándo es necesario actuar de inmediato y cuándo conviene generar otro momento para el diálogo?


Referencias bibliográficas
Entelman, R. F. (2002). Teoría de conflictos: Hacia un nuevo paradigma. Gedisa.
Fisher, R., Ury, W., & Patton, B. (2012). Sí… ¡de acuerdo! Cómo negociar sin ceder (11.ª ed.). Norma.
Watzlawick, P., Beavin Bavelas, J., & Jackson, D. D. (2011). Teoría de la comunicación humana: Interacciones, patologías y paradojas (12.ª ed.). Herder.
Sabrina González Solé. Mediadora, Docente y Coordinadora de curso.