Secretaría de Fortalecimiento Institucional y Educación Superior
Dirección General de Bienestar Educativo
Herramientas de comunicación y gestión de conflictos
Artículos y Notas
El aula como espejo: habitar el conflicto sin rompernos
Los conflictos no siempre se dejan atrapar por definiciones técnicas, a veces para comprenderlos mejor,
necesitamos imágenes que nos acerquen a su lógica. Las metáforas son una herramienta por excelencia: nos permiten “simbolizar”
lo que ocurre de un modo diferente y, a partir de allí, encontrar modos creativos, lógicos y también subjetivos de afrontarlos.
Desde la psicología, este recurso ayuda a representar y organizar experiencias complejas tales como los conflictos escolares, facilitando la reflexión sobre emociones, vínculos y estrategias de intervención. ¿A qué nos referimos? Es así que podemos pensar el conflicto como un incendio que se propaga si nadie lo atiende, como una cuerda muy tensa que necesita aflojarse, o como un jardín que requiere cuidados para no llenarse de maleza. En este caso, la metáfora que nos guiará es la del espejo. Cada conflicto en la escuela lejos de ser solo un obstáculo, nos devuelve una imagen de algo que ocurre en los vínculos, en la institución, en nosotros mismos: nos refleja y nos interpela.
Cuando una discusión entre estudiantes se enciende, cuando un malentendido entre colegas erosiona la confianza o cuando una decisión institucional divide opiniones, el conflicto funciona como un espejo que devuelve no solo la cara del otro, sino también nuestras propias emociones, límites y modos de estar con los demás. La pregunta es: ¿qué hacemos con ese reflejo? ¿Lo rompemos para dejar de vernos o lo sostenemos para reconocer (y aprender) de lo que muestra?
El conflicto, en tanto imagen, nunca es neutral: muestra tanto lo que se dice como lo que se calla. Freire (2000) afirmaba que “nadie educa a nadie, nadie se educa solo, los hombres se educan entre sí mediatizados por el mundo”. El conflicto es justamente ese “mundo”, y si se aborda con inteligencia y cuidado, se convierte en un espacio pedagógico transformador.
Del mismo modo, Rolón (2021) señala que “el conflicto no es un accidente de la vida psíquica, es su motor”. En la escuela, muchas veces nos gustaría evitarlo, pero es justamente allí donde aparecen las oportunidades de crecimiento: tanto para los estudiantes como para los docentes y la comunidad educativa. Mirarnos en el espejo del conflicto implica aceptar que no se trata de un enemigo, sino de un mensajero. Como un síntoma: nos trae algo que debe ser visto, nombrado y abordado.
Como educadores, no basta con sólo elaborar la metáfora sino también es fundamental comprender su significado y traducirla concretamente. Algunos ejemplos pueden ser:
En la escuela, donde se entrecruzan historias, emociones y expectativas, el conflicto es inevitable. Pero que sea inevitable no significa que deba ser destructivo. Por el contrario: puede ser donde docentes y estudiantes aprendan a reconocerse, a diferenciarse y a convivir.
Freire (2000) decía que “la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor”. Mirarse en el espejo del conflicto requiere justamente eso: amor y valor. Amor para no negar lo que duele, valor para sostener la mirada sin romper el reflejo y la convicción de que, en ese ejercicio, la escuela puede volverse un lugar no solo de transmisión de conocimientos, sino también de su construcción desde una “imagen más humana”.
Desde la psicología, este recurso ayuda a representar y organizar experiencias complejas tales como los conflictos escolares, facilitando la reflexión sobre emociones, vínculos y estrategias de intervención. ¿A qué nos referimos? Es así que podemos pensar el conflicto como un incendio que se propaga si nadie lo atiende, como una cuerda muy tensa que necesita aflojarse, o como un jardín que requiere cuidados para no llenarse de maleza. En este caso, la metáfora que nos guiará es la del espejo. Cada conflicto en la escuela lejos de ser solo un obstáculo, nos devuelve una imagen de algo que ocurre en los vínculos, en la institución, en nosotros mismos: nos refleja y nos interpela.
Cuando una discusión entre estudiantes se enciende, cuando un malentendido entre colegas erosiona la confianza o cuando una decisión institucional divide opiniones, el conflicto funciona como un espejo que devuelve no solo la cara del otro, sino también nuestras propias emociones, límites y modos de estar con los demás. La pregunta es: ¿qué hacemos con ese reflejo? ¿Lo rompemos para dejar de vernos o lo sostenemos para reconocer (y aprender) de lo que muestra?
El conflicto, en tanto imagen, nunca es neutral: muestra tanto lo que se dice como lo que se calla. Freire (2000) afirmaba que “nadie educa a nadie, nadie se educa solo, los hombres se educan entre sí mediatizados por el mundo”. El conflicto es justamente ese “mundo”, y si se aborda con inteligencia y cuidado, se convierte en un espacio pedagógico transformador.
Del mismo modo, Rolón (2021) señala que “el conflicto no es un accidente de la vida psíquica, es su motor”. En la escuela, muchas veces nos gustaría evitarlo, pero es justamente allí donde aparecen las oportunidades de crecimiento: tanto para los estudiantes como para los docentes y la comunidad educativa. Mirarnos en el espejo del conflicto implica aceptar que no se trata de un enemigo, sino de un mensajero. Como un síntoma: nos trae algo que debe ser visto, nombrado y abordado.
Como educadores, no basta con sólo elaborar la metáfora sino también es fundamental comprender su significado y traducirla concretamente. Algunos ejemplos pueden ser:
- La comunicación asertiva
Carl Rogers (1980) sostenía que “ser empático es ver el mundo a través de los ojos del otro y no ver nuestro mundo reflejado en sus ojos”. Esa distancia, ese “como si fuésemos el otro”, es la clave de la comunicación asertiva: es decir por ejemplo “veo que estás enojado, y al mismo tiempo necesito que hablemos sin gritos”. La empatía no significa condescendencia, sino la capacidad de sostener el vínculo sin negar la diferencia. - Prepararse internamente
Antes de intervenir, conviene mirarse hacia adentro. Lutereau (2017) recuerda que “la figura del docente no es nunca neutra, porque quien enseña lleva su propia historia, sus fantasmas y sus pasiones”. El conflicto no toca solo a los estudiantes. Estratégico es entonces, reconocerlo: detenerse un instante, respirar, evitar que la reacción inmediata salga desde la herida. Mirar en el espejo no solo al otro, sino también a uno mismo.
Una pausa de cinco segundos antes de responder puede marcar la diferencia entre una escalada y un desescalamiento. El autocuidado, en este sentido, no es un lujo: es una herramienta de gestión personal y por consecuencia grupal. - Revalidar antes de cuestionar
Todo límite puede expresarse como gesto de cuidado. Sztajnszrajber (2016) plantea que “toda norma es, al mismo tiempo, límite y posibilidad”. Poner una norma no es solo prohibir, es también habilitar un modo de estar juntos, aquí nos estamos refiriendo a decir lo que valoramos del otro antes de marcar lo que debe revisarse. Por ejemplo: “me gustó cómo argumentaste tu idea, pero necesitamos que lo hagas sin interrumpir a tus compañeros”. Aquí no se trata de adornar la crítica, sino de construir un suelo de confianza que permita que el señalamiento no hiera, sino que oriente. - El tiempo y el espacio adecuados: esperar que el vidrio deje de cortar
Como recuerda Rolón (2021), “la palabra dicha en el momento equivocado puede cerrar más puertas que las que abre”. En la escuela, esto puede significar esperar al final de la clase, pedir una charla aparte o cambiar de escenario. El vidrio roto del conflicto necesita dejar de cortar para que podamos tratarlo sin lastimarnos. - Eduquemos en el reflejo
Pensar el conflicto desde la metáfora del espejo nos invita a cambiar la perspectiva: dejar de verlo como una amenaza y empezar a reconocerlo como un espacio de aprendizaje. Desde la psicología, se aporta que la gestión consciente de los conflictos permite desarrollar la regulación emocional, la empatía y la construcción de vínculos saludables, transformando tensiones inevitables en oportunidades de crecimiento (Rolón, 2021).
En la escuela, donde se entrecruzan historias, emociones y expectativas, el conflicto es inevitable. Pero que sea inevitable no significa que deba ser destructivo. Por el contrario: puede ser donde docentes y estudiantes aprendan a reconocerse, a diferenciarse y a convivir.
Freire (2000) decía que “la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor”. Mirarse en el espejo del conflicto requiere justamente eso: amor y valor. Amor para no negar lo que duele, valor para sostener la mirada sin romper el reflejo y la convicción de que, en ese ejercicio, la escuela puede volverse un lugar no solo de transmisión de conocimientos, sino también de su construcción desde una “imagen más humana”.
Referencias bibliográficas
Freire, P. (2000). Pedagogía del oprimido (30.° aniversario). México: Siglo XXI.
Lutereau, L. (2017). El aula es nuestra: educación, emociones y poder. Buenos Aires: Paidós.
Rolón, G. (2021). Claves para la escucha clínica y el vínculo terapéutico. Buenos Aires: Paidós.
Sztajnszrajber, D. (2016). Filosofía y vida cotidiana. Aires: Planeta.
Freire, P. (2000). Pedagogía del oprimido (30.° aniversario). México: Siglo XXI.
Lutereau, L. (2017). El aula es nuestra: educación, emociones y poder. Buenos Aires: Paidós.
Rolón, G. (2021). Claves para la escucha clínica y el vínculo terapéutico. Buenos Aires: Paidós.
Sztajnszrajber, D. (2016). Filosofía y vida cotidiana. Aires: Planeta.
Lic. María Pía Barrantes