Secretaría de Fortalecimiento Institucional y Educación Superior
Dirección General de Bienestar Educativo
Artículos y Notas
Intervenir desde la ternura: desafiando el adultocentrismo en la escuela
Cuando intervenimos con infancias y juventudes, hablar de adultocentrismo es necesario. Esto no implica solamente
identificar discursos desde la teoría, sino cuestionar, incluso de una forma inconsciente,
un sistema basado en superioridades y conflictos.
Por ello, planteamos que re-pensar las lógicas adultocéntricas no es simplemente poner el foco en una realidad existente basada en la superioridad de los/as adultos/as sobre los/as niños/as. Sino, en cómo construimos entre infancias, juventudes y adultos/as una estructura que le haga frente a las concepciones establecidas que jerarquizan a algunos/as sujetos/as por sobre los/as otros/as.
El adultocentrismo respalda lógicas que dejan por fuera a todas aquellas perspectivas que involucran una mirada de las infancias y juventudes como protagonistas de su historia y la de los/as otros/as.
Es por esto que concordamos con Andrada y Yazyi (2022) cuando plantean que la intervención con niños/as y jóvenes requiere estrategias que atraviesen estas relaciones de poder, restituyan derechos y gesten paridades.
En relación a esto, retomamos las ideas de las autoras cuando plantean que el adultocentrismo instaura la idea de la adultez como “la expresión acabada de lo humano, y las infancias, adolescencias y juventudes son pensadas, cuidadas y acompañadas desde la idea de incompletitud e incapacidad” (p. 11)”. Debemos ser conscientes que como adultas/os, nuestras intervenciones poseen un sesgo adultocéntrico que tenemos que buscar tensionar desde una vigilancia ético política asumida, intentando cuestionar nuestro propio accionar. Es relevante que a la hora de intervenir nos interesemos por ese/a otro/a con el/la que estamos trabajando, mostrándonos disponibles y comprensivas/os, aceptándolo/a como es y entendiendo que existen otras perspectivas o formas de explicar o comprender la realidad.
Es menester llevar a cabo este tipo de estrategias con el objetivo de desadultocentrizar nuestras intervenciones, permitiéndonos comprender desde la ternura a las infancias y juventudes. A partir de esto planteamos que el protagonismo es también una manera de ser niño/a.
Utilizamos los aportes de Morales y Magistris (2019), cuando plantean que “el protagonismo anhelado de los/as niños/as requiere de una participación colectiva” (p. 46). Al comprender la relevancia de la implementación de estas ideas en la intervención social debemos cuestionarnos nuestro rol como adultas/os a la hora de desarrollar estrategias o líneas metodológicas de acción, reflexionando y vigilando constantemente:
nuestro poder en tanto situación de privilegio a fin de saber acompañar, colaborar, coadyuvar a los/as niños/as y a su lucha para hacernos cargo de que una nueva sociedad requiere de la grandeza y sabiduría de adultos/as que asuman que necesitan a los/as niños/as para la emancipación (p. 46).
En este sentido, es importante que como adultas/os nos preguntemos qué tipo de prácticas pretendemos asumir. Si intentamos instaurar acciones de carácter emancipador, que transformen la realidad de las infancias y juventudes, debemos necesariamente comprender de qué forma la entienden estos/as sujetos/as, y cómo la quieren transformar (si es que pretenden hacerlo). Aquí radica la relevancia de incluir los saberes que expresan, ya que son una condición para la transformación desde la emancipación. Así, la puesta en marcha de una intervención se basa en el despliegue de distintas estrategias y la vinculación que entablamos con las infancias y juventudes, en donde se debe poner en juego la interpretación de sus necesidades, su productividad simbólica y los procesos de producción de subjetividad que ello conllevó.
Destacamos la importancia de tensionar (con la dificultad que significa hacerlo siendo adultas/os) la cuestión intergeneracional, partiendo del respeto a la autonomía y al protagonismo de los/as niños/as y jóvenes. Y es así como, a través de re-pensar las formas en las que como adultas/os intervenimos o trabajamos con las niñeces y juventudes, estamos, de una forma u otra, reflexionando respecto a nuestras propias infancias y los atravesamientos de las mismas.
Por ello, planteamos que re-pensar las lógicas adultocéntricas no es simplemente poner el foco en una realidad existente basada en la superioridad de los/as adultos/as sobre los/as niños/as. Sino, en cómo construimos entre infancias, juventudes y adultos/as una estructura que le haga frente a las concepciones establecidas que jerarquizan a algunos/as sujetos/as por sobre los/as otros/as.
El adultocentrismo respalda lógicas que dejan por fuera a todas aquellas perspectivas que involucran una mirada de las infancias y juventudes como protagonistas de su historia y la de los/as otros/as.
Es por esto que concordamos con Andrada y Yazyi (2022) cuando plantean que la intervención con niños/as y jóvenes requiere estrategias que atraviesen estas relaciones de poder, restituyan derechos y gesten paridades.
En relación a esto, retomamos las ideas de las autoras cuando plantean que el adultocentrismo instaura la idea de la adultez como “la expresión acabada de lo humano, y las infancias, adolescencias y juventudes son pensadas, cuidadas y acompañadas desde la idea de incompletitud e incapacidad” (p. 11)”. Debemos ser conscientes que como adultas/os, nuestras intervenciones poseen un sesgo adultocéntrico que tenemos que buscar tensionar desde una vigilancia ético política asumida, intentando cuestionar nuestro propio accionar. Es relevante que a la hora de intervenir nos interesemos por ese/a otro/a con el/la que estamos trabajando, mostrándonos disponibles y comprensivas/os, aceptándolo/a como es y entendiendo que existen otras perspectivas o formas de explicar o comprender la realidad.
Es menester llevar a cabo este tipo de estrategias con el objetivo de desadultocentrizar nuestras intervenciones, permitiéndonos comprender desde la ternura a las infancias y juventudes. A partir de esto planteamos que el protagonismo es también una manera de ser niño/a.
Utilizamos los aportes de Morales y Magistris (2019), cuando plantean que “el protagonismo anhelado de los/as niños/as requiere de una participación colectiva” (p. 46). Al comprender la relevancia de la implementación de estas ideas en la intervención social debemos cuestionarnos nuestro rol como adultas/os a la hora de desarrollar estrategias o líneas metodológicas de acción, reflexionando y vigilando constantemente:
nuestro poder en tanto situación de privilegio a fin de saber acompañar, colaborar, coadyuvar a los/as niños/as y a su lucha para hacernos cargo de que una nueva sociedad requiere de la grandeza y sabiduría de adultos/as que asuman que necesitan a los/as niños/as para la emancipación (p. 46).
En este sentido, es importante que como adultas/os nos preguntemos qué tipo de prácticas pretendemos asumir. Si intentamos instaurar acciones de carácter emancipador, que transformen la realidad de las infancias y juventudes, debemos necesariamente comprender de qué forma la entienden estos/as sujetos/as, y cómo la quieren transformar (si es que pretenden hacerlo). Aquí radica la relevancia de incluir los saberes que expresan, ya que son una condición para la transformación desde la emancipación. Así, la puesta en marcha de una intervención se basa en el despliegue de distintas estrategias y la vinculación que entablamos con las infancias y juventudes, en donde se debe poner en juego la interpretación de sus necesidades, su productividad simbólica y los procesos de producción de subjetividad que ello conllevó.
Destacamos la importancia de tensionar (con la dificultad que significa hacerlo siendo adultas/os) la cuestión intergeneracional, partiendo del respeto a la autonomía y al protagonismo de los/as niños/as y jóvenes. Y es así como, a través de re-pensar las formas en las que como adultas/os intervenimos o trabajamos con las niñeces y juventudes, estamos, de una forma u otra, reflexionando respecto a nuestras propias infancias y los atravesamientos de las mismas.
Lic. Bitar, Malena y Lic. Sosa Loyola, Josefina - Licenciadas en Trabajo Social